sábado, 19 de marzo de 2011
Ciertos son los toros. Premio Paco Apaolaza-Fundación Cruzcampo. Antonio García Barbeito
Por Antonio García Barbeito
Ciertos son los toros.
Se veía venir. El nacionalismo, convertido en espada —no en torero, en espada—, tenía el insomnio de matar al último toro, antes de que al echarse a dormir se le convirtiera en pesadilla. Ciertos son los toros. Por más que la res se amosquilara, por más que se aspeara las patas huyendo —que no es lo suyo—, la hubieran buscado allí donde fuera, y la hubieran hallado para ese fin, por más avisada que estuviera. No había cacho en el que el toro pudiera sentirse seguro, por más aplomos que lo sostuvieran. Ese chorreado en verdugo con determinados colores —rojigualdo, para qué negarlo, y por nombre «Nacional»— lo tenía sentenciado. Lo esperaban, además, en la contraquerencia, para que se confiara. Y embarbarlo. Es mucho toro ese toro, y no era cosa ni de dejarlo que campara, feliz y madrigado, entre las hembras escogidas. Porque no defienden al toro que dicen defender, en un dudoso sentido de la lástima bajo el que tiembla la verdadera y triste intención cercenadora; sepamos que si al abolir las corridas de toros no acaban con el toro, descuernan, hasta dejarlo descepado, algo más común a Cataluña, a España: el lenguaje que nació del toro, con el toro, por el toro. Y para el español.
Ahí está uno de los mayores daños, en el lenguaje. Porque al abolir en Cataluña la Fiesta Nacional, desmochan palabras, afeitan verbos, mancuernan frases, hierran con olvido términos riquísimos… Más de mil palabras perderán su sentido práctico, no tendrán una referencia cercana ni una razón de uso, al arrancarles el universo que las motiva. Más de mil palabras quedarían vagando en el vacío —avergonzadas en los trascorrales del alfabeto como indeseada y espuria grafía— sin tener dónde posarse para tener exacto sentido. El toro ha creado un lenguaje en su desarrollo no solo en la Fiesta sino en todos los ámbitos de la sociedad, giros exactos para poder pronunciarlo todo de manera distinta y rotunda. Y si cabe, más bella. Habrá hombres que cuasi enmudezcan al no tener a mano las razones que mueven su lenguaje, esas faenas, desde el campo al taxidermista, que despliegan un riquísimo mapa de sonidos únicos. ¿Qué intención asiste a los antitaurinos para acabar con toda huella taurómaca en Cataluña? ¿Fobia a España como concepto de nación principal? Quizá sea bueno recordar a Julián Marías, quien dejó pensamientos muy interesantes, muy ricos, sobre España, y en España, sobre Cataluña: «… el catalán siente veleidades en algunas ocasiones de renunciar a la realidad no catalana, porque cree que le es impuesta, y automáticamente reacciona con un mecánico desvío; pero si hiciera el experimento mental de despojarse de la íntegra condición española, se sentiría desnudo y en un intolerable exilio: el exilio de sí mismo.»El peor exilio, «el exilio de sí mismo», la enajenación mental, el ciego autismo de quienes no quieren saber nada fuera de sí. Tomen nota algunos de los que creen que hallarían alivio al despojarse de España, que pudieran estar despojándose de su más clara identidad. Así que, le pese a quien le pese, y con la autorización de don Julián, son, «quieran o no», inevitablemente españoles, porque siendo catalanes de manera natural —no con artificios nacionalistas y queriendo serlo solo en las diferencias—, son españoles.
Y viene ahora el nacionalismo —que no sabe de toros— a convertir en desecho de tienta al que se crece en la llama del dolor como una pirausta. La que peligra de verdad es la vida del toro de la palabra, ese toro que es de todos, que corretea en todas las voces, que se hace exacta metáfora allí donde es preciso, y si no, a ver cómo resolvemos mejor algunos asuntos que dándoles con la gracia torera «una larga cambiada». Es el toro del lenguaje el que matan al pretender salvar el sufrimiento de un animal que en la lucha en el ruedo no está indefenso. Prohíben la tauromaquia y dejan tartamuda la lengua que lleva siglos expresándose con giros jamás desahijados del mundo del toro ni de la calle. El toro ha aportado al español una riqueza no solo eufónica sino básica en la palabra diaria, la palabra que usan incluso muchos de los que pudieran estar en contra de las corridas de toros. El lenguaje es un toro vivo, nunca abanto y corretón, siempre con fijeza, aunque tardee; es un toro, pues, la palabra. Y a ese «toro» no podemos echarlo a la dehesa del olvido como si se tratara de un marrajo que calamocheara y no saliera de un soliloquio de hachazos y gañafones. El toro del lenguaje es un toro boyante, regordío de semántica, pastueño, sobrado y rebosado de riqueza sonora; nunca un mudo buey que no va más allá de un monosílabo de zumbas de eunucos. Un respeto al toro de la palabra. Cerrar los cosos es también cerrar un diccionario. Amén de tronchar plumas, pinceles y gubias, manchar partituras y descordar guitarras, y cerrarles las puertas a jornales y oficios, que también el toro es una fábrica animal que reparte más pan que sangre; una vida que se sacrifica para seguir viviendo y repartir vida, como una semilla que cayera a la tierra para asegurar su primavera.
Dejémonos de voces que son como casas sin ventanas, dejémonos de ponerles oídos a quienes, en nombre del tornillazo de una idea sin ton ni son, solo tienden a la vuelta a la tribu más perniciosa. Sepamos, sin olvidarlo, que si alguna vez los españoles fuésemos capaces de esmerarnos en el diseño de nuestras regiones, no desuniéndolas sino ampliándolas, poniendo en el horizonte aspectos humanos esenciales y no particularistas, entonces tendríamos el camino allanado para lograr la excelsa categoría de hombre, sin renunciar a la identidad original. Pero hay quien hace de su capa un sayo y, a su antojo, y sobre todo a deshora, cambia la seda por el percal sin que hayan sonado los clarines oportunos. Hay quien saca pañuelo verde contra la opinión del público soberano. Hay quienes, al parecer, con tal de prohibir las corridas de toros, ven bien que la riqueza de la dehesa se ensilvezca como un inhóspito espartizal.
Toro cuajado el lenguaje, semental sobresaliente para la cubrición que propicie nuevos nacimientos orales, que no han cesado en su parición las palabras, los términos que nos llegaron del exquisito mundo que vino de las ganaderías. Jabonero, bocinegro, lavado, pujante, rabicano, limpio, salinero, tostado, listón, zancudo, lombardo, meano, zaíno, zanquilargo, mulato, ojalado, pajizo, playero, rebarbo, zambombo. ¿Más trapío, más belleza bautismal? Barbear, acostarse, herradero, embarque, tienta, embroque, encaste, garrocha, encierro, mayoral, conoseó, mozoespada, castoreño, monosabio, alguacilillo, tendido, talanquera, burladero, callejón, capote, muleta, seda y oro, sol y moscas, clarines, albero… ¡Música, maestro!, que la merece el toro del lenguaje, ese toro al que matarían si cerraran los ruedos, redondos universos de una palabra distinta. Ese toro vivo y orgulloso, sonoro y entero, hijo del toro, que suena hermoso en el paladar de un español que lo ha criado de la mano de su lengua en el diario de la elocuencia que se hizo más culta con él, con ese inmenso, bravo, hermoso, bellísimo toro de la palabra taurina.
jueves, 3 de marzo de 2011
Mi amigo Torero (por Andrea López)
Pese al paso de los años, el “Espartaco” que muchos aficionados a la tauromaquia conocieron aún se desenvuelve con maestría frente a una res de lidia.
Recordado por los amantes de la tauromaquia como el número uno del mundo en la década de los 80, la admiración que despierta sigue latente y así quedó demostrado durante la pasada temporada taurina de la capital antioqueña, en donde pudo compartir con viejos amigos y seguidores.
ANDREA LÓPEZ
Especial para EL MUNDO
Hace más de treinta años, siendo una niña, tuve la oportunidad de acompañar a Chinavita, Boyacá, a un torero español que empezaba su carrera y por circunstancias de la vida aterrizó en Colombia. Más que recuerdos tengo imágenes. La sensación al tocar su traje arreglado sobre la cama fue lo primero que recordé hace unos cuatro años. Luego, el momento que me alegra el alma: El torero cortó las dos orejas, venía dando la vuelta al ruedo con un traje blanco, de repente para frente a mí y se sube en el estribo para entregármelas.
Puedo sentir las manos de mi papá cargándome para subirme en la barrera y la felicidad de ese instante. También recuerdo la sonrisa y los ojos verde azules que me miraban emocionados, pero a la vez con una ternura indescriptible. Pude cargar solo una oreja porque pesaban mucho. La última imagen que tengo de aquel día es sentada en el borde de una cama con la oreja en mis piernas. La veía inmensa y me preocupaba no tener la suficiente fuerza para cargarla.
Esas orejas me las regaló Juan Antonio Ruiz, “Espartaco”, quien tiempo después empezó a cosechar triunfos en España y cada vez que salía en la prensa mi papá me llevaba el periódico y me decía, “mira, tu amigo torero está triunfando”. Me sentía la más orgullosa del universo.
Más de treinta años después, la vida me ha permitido reencontrarme con esos ojos en los que sigo encontrando la misma ternura y con esa sonrisa que ilumina su rostro. Espartaco volvió a Colombia en un momento muy particular de su vida, para alejarse de su cotidianidad y permitirse curar algunas heridas. Lo que nunca imaginó al planear este viaje es que venía a Medellín a alegrarnos el alma y a ayudarnos a sanar las heridas propias.
Pudimos compartir diferentes momentos, verlo torear con la ilusión de un principiante disfrutando cada muletazo. Cada una de las faenas que nos regaló estuvieron cargadas de ese aroma a toreo puro que se añora en las plazas. Cuando se torea con emoción y con sentimiento, no importa cuantos kilos están pasando frente a la muleta. Cada tarde vimos la faena de la feria y bromeó algún día cuando llegó la lluvia empezando un tentadero, “por eso dejé a Víctor (Puerto) por delante, para no tener que torear pero cobrar”.
En el último tentadero, la lluvia arreciaba mientras Santiago Naranjo toreaba. Caía la noche y Espartaco, que a esa hora ya había toreado tres vacas, se quedó ahí, mojándose en uno de los burladeros y dándole voces a Santiago. En algún momento se le calló el ayudado y quien primero salió del burladero a recogerlo fue el Maestro. Después de cambiarse seguía preocupado por prestarle su chaqueta a Santiago, pues hacía frío y no podía enfermarse para su compromiso en Bogotá. Era su última noche en Medellín y no se cansaba de darnos lecciones de vida.
Hay que sentirlo
Juan Antonio Ruiz es cálido, conversador y dueño de una ternura que invade por completo el espacio en que se encuentra. Las conversaciones sin grabadora quedan en el corazón. Esta es la que acordamos compartir y en la que sin duda, habló desde su corazón.
Recuerda sus inicios como algo duro y difícil pero al tiempo muy bonito. Luego fueron ocho años liderando el escalafón y aunque dice que de sus records no le gusta hablar siente una gran satisfacción de haber podido estar entre los primeros. Asegura que todos los que fueron figuras del toreo antes, igual lo serían ahora y los de ahora lo habrían sido antes. “Tú tienes que sentirte a ti mismo. A lo mejor ese sentir no es lo que al aficionado le gusta porque depende de la situación, del toro, pero todo aquello que haga el torero con sentimiento es torear. Lo que no se puede es estar en esta profesión sin sentir lo que haces porque si tu no sientes, nunca podrás lograr hacer sentir a la gente lo que intentas realizar”.
Los aficionados a los toros hemos querido creer que si el toro no tiene determinado tamaño, no nos podemos emocionar y revisar ciertas características físicas nos ha llevado a dejar de disfrutar. “El toro tiene que tener su tipo y su trapío que no tiene nada que ver con que sea grande o chico sino con la agresividad y la acometividad a la hora de embestir. Una vez ahí el torero tiene que componer esa faena con sentimiento. Esa es la belleza del toreo que es una profesión muy bonita, muy intensa, muy difícil. Cuando se logra encender esa llama en el corazón de los espectadores pues es algo único e irrepetible porque lo que se realiza es con un ser vivo. Puede repetirse una obra de teatro entre seres humanos porque todos pueden saber el guión pero el toro no. Esa es la grandeza de ser aficionado a los toros. Quien pueda llegar a entender eso es un privilegiado”.
Ser figura del toreo puede ser alcanzado por quien logre adquirir ciertos conocimientos frente al toro. La grandeza de un ser humano que queda grabado en el alma de una niña de tres o cuatro años la tienen muy pocos. “Uno lucha en la vida no solamente por triunfar. El triunfo es importante pero en la vida todo pasa, hasta ser figura del toreo, pero queda la persona y es muy bonito que la gente te recuerde no solo por lo que hayas hecho en la plaza sino por tu comportamiento fuera. Es cierto que se torea como se es…”
¿Quien es? - Trayectoria
Juan Antonio Ruiz Román nació en Espartinas, municipio de la provincia de Sevilla (España) el 3 de octubre de 1962.
Hijo del novillero Antonio Ruiz Rodríguez «Espartaco», heredó de su padre, además de la afición a los toros, el apodo que había sido tomado por la película “Espartaco”, de Stanley Kubrick.
Debutó en público el 19 de marzo de 1975 en Camas y el 1 de agosto de 1979 se hizo torero de la mano de Manuel Benítez “El Cordobés” en la plaza de toros de Huelva.
Fue número uno del escalafón taurino entre 1985 y 1991, y se le atribuye haber servido de puente entre las figuras de los años 70, como El Niño de la Capea, con la nueva generación que surgió en los 90, como Enrique Ponce y “Joselito”.
Se retiró por una lesión de rodilla en 1995 y reapareció en 1999. Fundó además su propia ganadería de toros de lidia.
En una ganadería del oriente antioqueño, junto al torero español Víctor Puerto (tercero de izquierda a derecha) y varios subalternos y novilleros.
- Conozco quienes han mandado esa frase lejos…
- “Bueno, lo que yo intento es torear siempre de acuerdo a lo que siento en ese momento. Con el respeto hacia el toro, hacia los aficionados, a mis compañeros. Con respeto a todo lo que genera el mundo del toro incluso a los antitaurinos. Nosotros nos tenemos que diferenciar en la nobleza y en la manera de entregar la vida por el toro. Cuando se habla de entregar la vida no quiere decir que es que tú te juegues la vida. Si es cierto que te la juegas pero eso lo hace mucha gente en muchas profesiones para sacar a sus hijos adelante. Hay muchas profesiones muy dignas, muy duras y muy difíciles en las que se juega la vida igual o más, pero en el mundo del toro hay algo especial y es que tú ofreces tu vida. Ofreces tu infancia, tu juventud, tu futuro y todo eso lo haces por el mundo del toro porque todo eso se pierde. El toro se apodera de todo pero es muy bonito poder entregar eso porque ya que el toro te entrega su vida lo único que tu puedes hacer, por respeto a esta profesión, es entregar parte de la tuya”.
Cuesta seguir hablando luego de escuchar semejante reflexión pero después de tantos años, poder mirar hacia atrás y hacer un balance trae algo no menos profundo. “Siempre hay cosas que no quisieras que pasaran pero lo bonito es quedarte con lo bueno y lo otro intentar olvidarlo. Es difícil olvidar incluso las cosas que no te gustan pero hay que tener la capacidad de amar y de entender incluso los malos momentos no solo del toro sino de los toreros. Somos seres humanos, nos equivocamos en la vida, en nuestra profesión también pero la belleza de este mundo está en que es donde se conjugan realmente la vida y la muerte. En una corrida aunque salga mala, siempre ocurren quinientos, seiscientos, setecientos milagros. En unas banderillas, en un quite, en la forma de salir… siempre hay algo que pudo ocurrir y que no ocurre pero hay que darle la importancia como si hubiese ocurrido y ahí es cuando hay que entender el mundo del toro. Incluso en lo que no te llena hay que buscar algo porque cuando uno está enamorado de algo hay que buscarle los momentos bonitos y nunca lo que no te puede gustar”.
Ahora entiendo por qué pude recordarlo a pesar de haber tenido ese momento borrado por tantos años…
- “Espero que no me olvides ahora…”
- Imposible olvidarlo Maestro, imposible… Cómo lo voy a olvidar si usted es mi amigo torero.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Carta abierta de Santi Órtiz al ministro del interior Alfredo Pérez Rubalcaba
Sr. Ministro:
El motivo de mi escrito no está relacionado con que sea usted o no aficionado a los toros, aunque creo haberle oído decir que no lo es. Tampoco, con sus parcas declaraciones tras el resultado de la votación del pasado 28 de julio en el Parlament de Cataluña, donde se decidió prohibir en dicha comunidad una fiesta -la de los toros- que depende de su Ministerio. Ni siquiera con su burdo intento de escurrir el bulto tratando de independizar (nunca mejor dicho) el resultado de tal votación de la política separatista que vienen llevando a cabo CiU, ERC y otros partidos de carácter secesionista.
Es verdad que, en su empeño de negar la evidencia -¿cómo explicaría, pues, el distinto rasero empleado por los diputados abolicionistas para las corridas de toros y los correbous?-, incurre usted en el agravio de tratarnos como idiotas, pero ya se sabe que a mayor permanencia en el poder, más desconexión entre gobernantes y gobernados, y que la costumbre de ganar, a veces sin reparar en los medios, dota al político de un sentimiento de invulnerabilidad que le lleva a mirar por encima del hombro a los que cree sus súbditos. Por otro lado, el chalaneo en que se ha convertido la política hace comprensibles tales declaraciones, máxime cuando un día después de la votación catalana su partido necesitaba de CiU para sacar adelante en el Congreso de los Diputados el proyecto de ley de Reforma Laboral presentado por su Gobierno.
Lo que me mueve a escribirle tiene que ver directamente con sus competencias y obligaciones como Ministro del Interior y su curiosa forma de interpretarlas y aplicarlas cuando éstas se dirigen a taurófilos y antitaurinos. Siendo, por su cargo, máximo responsable del mantenimiento del orden público, la seguridad y la paz social, cuesta trabajo explicarse las actuaciones de los agentes encargados de hacerlas cumplir; agentes cuya dirección, coordinación e intervenciones dependen en última instancia de usted como mando superior de los mismos.
Son años los que llevamos los aficionados a los toros soportando los insultos de quienes cogieron la costumbre en Barcelona de manifestar su taurofobia delante de la Monumental en los días y hora de corrida. Bien es verdad que su Ministerio tiene la obligación de garantizar el ejercicio de derechos fundamentales y el de manifestación está recogido en nuestra Constitución.
Valga pues que los antitaurinos se manifiesten en virtud del cumplimiento de dichas garantías, aunque no está de más recordar las manifestaciones prohibidas por su Ministerio bajo el pretexto de evitar posibles conflictos de orden público. Admitido esto, convendrá conmigo que todo tiene un límite, y, en este caso, el derecho de manifestación de los "anti" termina donde empieza el derecho al honor y a la dignidad de las personas que acuden a presenciar un espectáculo no sólo absolutamente legal, sino exhaustivamente reglamentado por su propio Ministerio.
Esa frontera de concordia que a nadie debería serle lícito traspasar, es transgredida un día sí y otro también por los vociferantes taurófobos cuando, de manera continuada, nos hacen objeto de sus insultos, tachándonos de "asesinos", "torturadores", "payasos" y otras lindezas, por el mero hecho de ejercer nuestra libertad de asistir a un espectáculo público que ellos detestan. Con tan execrable conducta, incurren los "anti" en un cotidiano delito de injurias y difamación que debería ser causa, cuando menos, de la reprobación de los policías que los protegen, si no de la detención y arresto de los difamadores más pertinaces. Pero, lejos de cumplir con su deber -deber que, a lo peor, entra en conflicto con las órdenes recibidas-, los agentes encargados de garantizar el derecho al honor y a la propia imagen de todos los ciudadanos, incluidos los taurófilos, no sólo se desentienden de los insultos de sus "protegidos", sino que, de hacerles notar algún agraviado su obligación de impedir tales ofensas, le instan a circular con un talante que parece desquiciar las cosas haciendo pasar por ofensor al ofendido.
Conscientes de la impunidad en que se mueven, estos grupúsculos de alborotadores fueron extendiendo su radio de acción a otras localidades donde se hizo notoria la escalada de agresividad con que manifestaban su taurofobia, llegándose a algunos conatos de altercados, como la agresión física sufrida el pasado año por la cuadrilla de José Tomás cuando, después de torear, se dirigía al Parador Nacional de Turismo de Pontevedra. Ya en el 2008 habíamos tenido que presenciar cómo varios activistas saltaban al ruedo de Las Ventas pidiendo la abolición de las corridas sin que la policía moviera un dedo para desalojarlos. Esto ocurría en mayo, y en febrero nos llegaba la noticia de los destrozos que una cuadrilla de vándalos antitaurinos habían ocasionado en el panteón donde descansan los restos del matador de toros Julio Robles.
Sin embargo, es a raíz de la prohibición de los toros en Cataluña cuando esta escalada de violencia ha dado una nueva vuelta de tuerca radicalizando las acciones de los "anti" y salpicando de incidentes la geografía taurina española. A los enfrentamientos de Tórtola (Guadalajara), se han sumado otros de mayor entidad como los ocurridos en la Feria de La Blanca, en Vitoria; en la Bilbao, donde un grupo de antitaurinos lanzaron botes y golpearon las furgonetas de los toreros cuando iban a entrar en la plaza; en Colmenar Viejo, donde los mozos de las peñas tuvieron que enfrentarse a los provocadores, o el más grave de todos, acaecido en la localidad mallorquina de Fornalutx, el pasado 29 de agosto, cuando los insultos, amenazas, escupitajos y gritos de un centenar de antitaurinos venidos de otras localidades degeneraron en una batalla campal donde participaron centenares de vecinos.
De esta atmósfera de creciente crispación y violencia, debería tomar usted buena nota porque, si los taurófobos están recrecidos y unen a sus chulerías actos de agresión intolerables, detecto que la paciencia de los aficionados está llegando al límite y, el día menos pensado, puede saltar un trueno que todos tendríamos que lamentar y del que usted, como Ministro del Interior, sería el principal responsable si hace oídos sordos a la advertencia premonitoria que aquí le formulo. Sin esperar más, tome cartas en el asunto, ponga coto a los desmanes de los provocadores, de los difamadores, de los violentos, y garantícenos el derecho de poder asistir libremente, y sin tener que soportar agresiones verbales ni físicas, a las plazas de toros. Con esta demanda, sólo le estoy pidiendo que cumpla con las obligaciones de su cargo, entre las que se encuentra la de velar por la libertad y la seguridad de todos los españoles. También de los que hemos encontrado en la fiesta de los toros un venero de arte, cultura y emociones.
Sin más que decirle, atentamente le saluda,
Santi Ortiz.
Publicada en Burladero
Santiago Ortiz Trixant (Huelva, 1949), es matador de toros, profesor de Física y escritor de numerosos libros de temática taurina.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Que bonita es la historia, ¿Verdad Raholita?
Un catalán devolvió el toreo a toda España
Godoy había prohibido el toreo en toda España en 1805, presionado por los “afrancesados” de la época, que esgrimían el absurdo argumento de que la “fiesta nacional”, así se llamaba el toreo desde los tiempos de Jovellanos, iba a dejar sin toros, sin bueyes y sin caballos el campo español.
Se acepta, por algunos historiadores, que iniciado el conflicto con el ejército invasor, fue el rey usurpador, José Bonaparte el que en un intento de congraciarse con el pueblo español abrió los toriles a la gran fiesta taurina del siglo XIX, pero no fue exactamente así.
Los toros de Bonaparte, que se corrieron en Madrid, Sevilla o el Puerto de Santa Maria, pese a su gratuidad en ocasiones, no llegaron a calar en el espíritu del pueblo.
En 1808, en la batalla de Bailen, se batieron con heroísmo todo un batallón de 400 garrochistas andaluces que al mando del capitán Miguel Cheriff hicieron “acoso y derribo” con los dragones franceses.
Estos garrochistas y el resto de la caballería del General Castaños habían sido equipados, a crédito, por un patriota sito en Cádiz, don Francisco de la Iglesia y Darrac.
Cuando en 1810 el ejercito había apretado a la regencia, al gobierno, a las cortes, al ejercito y a un sin fin de patriotas, en el pequeño recinto de las islas gaditanas, Darrac aún sufría el peso de las deudas, mas de 800.000 reales, que le consumían desde la batalla de Bailen.
Conociendo que el toreo corría por las venas de los gaditanos y del resto de los españoles, en Cádiz refugiados, y sabiendo que en otros tiempos, no lejanos, las corridas de toros habían financiado la construcción de las murallas, el Hospicio, la Alameda, Bellas Artes y un sin fin de obras públicas de la ciudad de Cádiz, concibió la idea de solicitar permiso para construir una plaza de toros y cobrarse la deuda, poco a poco.
Y así, autorizado por la regencia y pensando traer los toros en barco dado el sitio a que los franceses tenían sometida a la ciudad, construyó la que se llamó Plaza Nacional, justo enfrente del castillo de Santa Catalina.
Las corridas se iniciaron, ya sin franceses, en febrero de 1813 y muy pronto la inquina de un concejal “ilustrado” que añoraba la prohibición de Godoy le llevó denunciado nada menos que al hemiciclo de las cortes.
Y allí ocurrió el milagro. Fue un diputado catalán, don Antonio Capmany, militar, filosofo, historiador, economista y político, padre constitucional, pues fue uno de los redactores de la constitución del doce, promotor de la libertad de prensa y sobre todo denodado luchador contra los invasores, el que defendió con ardor ante sus compañeros de la cámara la vigencia del toreo como fiesta de nuestra nación, como identidad de nuestro pueblo, consiguiendo, no sólo que continuara la autorización dada a Darrac por la Regencia, sino que se revocara la “afrancesada” orden de prohibición del toreo dictada por Godoy.
Es curioso que la mayor oposición al toreo, en las cortes de Cádiz, la representaban los defensores de la inquisición. Es decir lo más carca, anticuado y absolutista de los representantes de la nación, a los que Capmany venció desde su liberalismo de progreso.
Era una época en la que las provincias catalanas daban héroes como Isidro, el tambor del Bruch, o la barcelonesa Agustina de Aragón, que presidió, vestida con uniforme de teniente, una corrida de toros que Wellington quiso presenciar y la regencia le organizó en el Puerto de Santa Maria.
Quizás Capmany, hombre de gran cultura y amplia bibliografía, conocía que la afición catalana a las corridas de toros, entonces a caballo, era ya antigua en tiempo de los reyes visigodos, hasta el punto de que el rey Sisebuto, hubo de censurar a Eusebio obispo de Barcelona por su continua asistencia a las corridas.
Capmany murió en Cádiz, poco después, en la epidemia de 1813. Estuvo enterrado mucho tiempo en la ciudad cuna de la Constitución que tanto contribuyó a crear, hasta que sus restos fueron trasladados con el honor que merecían a su Barcelona natal.
lunes, 11 de enero de 2010
Mingote sigue sentenciando en editoriales sin palabras.
El ABC era en mi casa una institución, el periódico de mi padre y de mi abuelo. De ahí y de la cómoda grapa. el cariño al diario que hace siglos que no compro. Hoy, ya en ABC: Es, ¡si mi abuelo Félix levantará la cabeza, que se quejaba por que el lunes no había diario!, lo vuelve a clavar y nunca mejor metáfora.
martes, 8 de diciembre de 2009
MANOLO CORTÉS ACABÓ CON TODOS. Crónica de Joaquín Vidal

FOTO: ABC Manolo Cortés por la Puerta del Príncipe de Sevilla. Feria de Abril de 1969La gente ya no pasa por el bluff, y tiene toda la razón para mandarlo a hacer gárgaras. Los días en que estaban anunciados los figurones no había en la plaza ni media entrada. Nadie se perdió nada (salvo quienes acudimos al espectáculo) porque los resultados artísticos fueron lamentables.
No es que a los gustos de la afición valenciana se ajusten toreros de calidades distintas a las que dicen por ahí tienen las figuras. es que está harto de las pantomimas, de los remilgos y de las estafas. Había hecho un ídolo de Dámaso González, pues este torero, con todas sus limitaciones, se entrega. Y además da la cara en verdaderas corridas de toros.
Esta es la clave: el torero y el toro. Los miuras y Dámaso llenaron la plaza. Aquéllos salieron con tanta clase y nobleza que, francamente, no parecían miuras. Los tres primeros toros eran manteca. Manolo Cortés se dejó ir al primero. Puso demasiadas precauciones para que fuera posible la gran faena que tenía el toro, y se contentó con cumplir. Como para darle en el coco con la mano del almirez. Julián García le anduvo a trapazos, saltos, tirones y caderazos al tercero, miura colorao, oscurecido a castaño por sus extremidades -una pintura- y además con nobleza de sensación.
Anovillado (pues sí: anovillado) y de gran clase el segundo, Dámaso González le hizo un faenón. Es cierto que no creó arte, pues el albaceteño parece incapaz de lograr tales excesos, pero su toreo fue ligado y templado, en todo momento emotivo, de forma que convirtió el graderío en un manicomio. Su triunfo fue de los que hacen época.
Salió el cuarto miura, un cárdeno de trapío, y se puso a berrear y a huir de los caballos. Los banderilleros sólo consiguieron colocarle un par de palos en la suerte de la espantá. Pensábamos: he aquí diez minutos de trámite que nos esperan para volver al gozo de la plaza en pie, gracias a Dámaso y su máquina de hacer pases, a plena producción.
Pero Manolo Cortés pensaba otra cosa. Y brindó al público. ¿Qué había visto Cortés en aquel miura manso, trotón y a la defensiva, para confiarse como no lo había hecho con el otro, el de la nobleza total? Bueno, algún día lo contará el propio Cortés. Lo que podemos contar nosotros, en cambio, es una faena inolvidable, construida con inteligencia, ejecutada con la más acabada técnica, interpretada con arte.
Acabó con Dámaso, acabó con todos. El público valenciano estaba fuera de sí. Por los naturales y los derechazos. limpios largos, de impecable remate; por los hondos pases de pecho, por la verticalidad relajada del torero, que había sometido a la fiera y la traía y llevaba a su antojo, sería que ajeno al rugido de aquella plaza puesta al límite del paroxismo, pues continuaba desgranando pases al ritmo cadencioso que imponía no la conmoción del graderío, sino el arte de torear; por aquel andarle al toro, con garbo, para cambiarle el terreno y engarzar una nueva tanda de muletazos, otra vez de bellísima ejecución. Nunca en toda la feria se había producido semejante clamor: «Torero, torero, torero!»
Hay que añadir, en pura crítica, que Cortés toreó demasiado y el miura se le pasó de faena, de manera que acabó tirando derrotes peligrosos y costó cuadrarle. Pero el triunfo era legítimo e irreversible y la afición valenciana aclamó al torero en dos vueltas al ruedo triunfales.
Dámaso González muleteó con arrojo a otro manso que, si manejable, tenía sentido, y Julián García armó un barullo de trapazos y perneos con el último miura, de gran boyantía. Ambos toreros fueron aplaudidos, por supuesto, pero ya no podían suscitar entusiasmos. Manolo Cortés había acaparado el protagonismo de la corrida, y hasta de toda la feria. Su faena al miura cárdeno, manso y trotón será una efemérides de la plaza de Valencia.
viernes, 10 de julio de 2009
Como está el patio, Zabala de la Serna Dixit en su página
La libertad de los toros en Cataluña tiende a su fin. Por septiembre, cuando un ciudadano animalista de la plataforma “PROU” exponga en el Parlamento catalán sus teorías, amparadas por 50.000 firmas, el destino de la Fiesta quedará en manos del PSC y CiU, la mismas que a las que no les ha templado el pulso para darle la puntilla al castellano. El optimismo me tiembla, y a lo peor el 5 de julio pasado de José Tomás será historia no sólo por su contenido, sino también por tratarse de una de las últimas tardes en la Monumental. La libertad es un bien caro que se extingue. Desde Quito, mi hermano Álvaro Ponce me reenvía artículo/crónica de Domingo de la Cámara despedazando a José Tomás, lo cual me parece cojonudo. La verdad es que lo leo muy por encima porque ya en las primeras líneas se descuelga el hombre calificando de “prensa adicta” a aquellos críticos o medios que lo de JT nos haya conmovido, emocionado o simplemente impulsado a escribir distinto a lo que él piensa. Coño, ¿y usted escribe en un portal que se llama “De toros en libertad”? La libertad para su culo, supongo, pero no para mi pluma, que si elogia a José Tomás es por adicción. Qué irrespetuoso y qué nazi. El pensamiento único pretende Dominguito, que suele hablar y escribir desde el púlpito de la infalibilidad. Y todo esto desde una web que viene a ser el brazo armado del poncismo. Algo así como el Círculo de Amigos de la Dinastía Bienvenida (de los que, por cierto, ninguno fue amigo de la casa del Papa Negro en su apogeo ni por el forro, pero vale el título para hacer galas, bolos y banquetes ) en versión Del Moral. O amoral. A Álvaro le he explicado el contexto de la secta, que se dispersa con diversos tentáculos plumíferos. Hay un tipo que escribe en las últimas páginas de una revista taurina que odia a José Tomás e idolatra a Finito de Córdoba, lo cuál no está exento de lógica. El mismo líder de la cosa esa “De Toros en Libertad”, al que un día Javier Villán rebautizó como La Lirio, y no sé bien por qué, vomita como la niña del exorcista nada más oír el nombre JT, pero en invierno le escribe unas cartas lindísimas en primera persona a El Fandi, “tú eres un gran torero, David, digan lo que digan”, o algo así y en ese plan. Lo cual, como lo del otro con Finito, también posee su lógica. Lo suyo sería, digo yo, que ya que enarbolan la bandera de la libertad nos dejen a lo demás pensar y sentir lo que nos traiga el viento del toreo a la piel. O sea, escribir lo que nos salga de los santos cojones sin que esto entre dentro de ningún tipo de “adicción” ni encasillamiento. Yo no me meto con los hace poco comprasteis el “Hola” para leer y regocijaros con un reportaje en el que aparecía Enrique Ponce con una aristócrata inglesa acariciando ambos a un toro bravo como a un peluche en una imagen muy positiva para la Fiesta… ¡Pues muy bien! ¡Como si os vais al baño con la revista y os la machacáis! Aplicad el lema de vivir y dejar vivir, apóstoles de la libertad. A mí no me gustan las guerras. Pero tampoco me asustan. Y menos con provocadores de vuestra talla
viernes, 5 de junio de 2009
Otra lección de Luismi Parrado.Y van...

martes, 28 de abril de 2009
Otra lección de oportunidad y de afición de Luismi Parrado en http://loscaminosdeltoro.blogspot.com

http://loscaminosdeltoro.blogspot.comMientras, me quedo con la frase que escribía ayer en este blog: “los toros le embisten a quien le tienen que embestir”. Y hoy estos dos cinqueños me han dado la razón, porque, a ver quién le quita a esos pedazos de ganaderos que son Daniel Ruiz padre e hijo la satisfacción de haber echado dos de los toros más bravos de esta feria de abril.
jueves, 16 de abril de 2009
Con esta "cosita" ganó García Barbeito el Manuel Ramirez
Se puso el trapo entre las manos como quien se pone en la voz un cante viejo, como quien se acomoda una guitarra llena de soledad, libre de dueño.
Y el cante, aunque de otro, va y le suena como nunca sonó con otros ecos, y la guitarra, suave, se despeina para él solo, inédita de trémolos.
Cogió el milagro y lo mimó lo mismo que se mima de un hijo el primer sueño, y lo probó por éste, el otro lado, lo abrochó a la cintura como un beso... Y el muchacho creaba y no sabía que estaba la verónica naciendo, y la media, como pose de baile, le reclamaba cantes más festeros.
Pero aquel duro que el hombre traía no era el duro común de los toreros, ni era común su juego de muñecas, ni era común su derechazo inmenso. Percales y franelas se le iban enredando en su magia, su misterio: «El que quiera este duro que lo pague; quien no quiera, que busque otros "dineros".
El duro que yo traigo es este duro, y este será el de siempre, yo lo advierto». Y así nació la fe por un estilo, por una maestría que es un credo; y así fuimos a verlo, y... «nada hoy», y los curristas van... «¿has visto el viento? ¿Y el primero? Sin casta y sin empuje. ¿Y el cuarto? El cuarto, el cuarto... ¡un burriciego!».
Pero el día que el dios de oro bajaba las manos donde sube un cante eterno, el día que aquel duro se ponía de canto derramando sus secretos... el día que los toros se venían por donde tienen que venirse ciertos, el día que las telas presentían el arte en cada grano del albero... ese día valían las esperas lo que vale un billete de ida al cielo... Bordaba tres y media, y... ¡la gloria!, colocaba el perfil y... ¡un monumento! Ese día en el monte y en la plaza ya no había más matas que el romero.
Y era ya aquel torero un cantaor desangrado de cantes de un milenio.La soledad torera es como un cante al que le has de poder y engrandecerlo. Cantar es torear puntas del grito; torear es cantar con todo el cuerpo. Y el muchacho traía en su capote y en su muleta mucho de flamenco; el compás siempre al quite, la justeza, tres y media, señor, y ¡ahí queda eso! Un trincherazo para que trabajen pintores y escultores, y el secreto de ir a torear como quien baila, y salir de ese baile tan torero.
Y el duro siempre en pie, sin inmutarse, sin cambiarse, sin darse al compadreo, sin engañar, sin justificaciones: al vino, vino, y a lo hecho, pecho. O está la tarde de formarle un lío o está la tarde para irse huyendo. Te hiela o te achicharra, nunca tibio, nada de medias tintas: luz o infierno.
Y lo mismo en persona, que las luces no le cambian el paso ni su viento: si es hora de entregarse, a darse todo; si no es mi sitio, adiós y buen provecho. Siempre con la verdad, con ese duro que le sigue brillando.
Y tan flamenco. Por eso gana el Arte con su nombre resonando entre los académicos.
¡Qué olor, Santa Isabel, por esa Hungría donde el monte, por él, todo es Romero...!
martes, 17 de marzo de 2009
Entre el surrealismo y la vergüenza (no torera)
Firma mi "jefe de filas" Rafael Cabrera en Cope.es sobre lo de esta tarde en el coso de la Calle Xativa esta joya, esto es tener criterio, opinión y expresarlo de forma contudente.
Torear es otra cosa, no la estupidez y la falta de respeto al toro que hemos podido contemplar esta tarde. Torear es comprometerse éticamente con el arte, con la fiesta, asumiendo el riesgo que comporta un anima, tratándolo con el respeto debido y no como a un clown del circo que sirve para que montemos el numerito y la gente se ría. Torear es comprometerse también con la técnica y el gusto artístico, no burlar éste sobre la base de unos recursos –cuando existen- buscados para hurtar la autenticidad y el riesgo. Torear no es dar cabezazos al toro, ni agarrarse al lomo, cuando ya han pasado los pitones, con la muleta por delante en circulares impúdicos. Torear no es dar saltos ni giros en la cara del toro –especialmente cuando agotado ya no embiste apenas- sino quedarse quieto y lancearlo llevándolo por donde no quiere ir, pasándose los pitones por la faja –y no por Pekín-, por mucho que aquellos sean jaleados hasta la estulticia. Este espectáculo bufo que hemos podido ver hoy en el coso de la calle Játiva, en nada se parece a las faenas meritorias de Pinar, del Juli, Ponce o Tomás; ni siquiera al toreo serio y profundo de José Calvo o Ángel de la Rosa. Es una auténtica vergüenza que algunos toreen y ocupen tales y tantos festejos, cuando hay toreros de verdad que están penando entre la media docena y alguna corrida de misericordia. La falta de respeto al toro y al toreo que hemos contemplado esta tarde son denigrantes para el festejo, por más que la gente haya jaleado, reído, vitoreado y aplaudido hasta la extenuación a los diestros. Salven de la quema a Jiménez, que al menos lo ha intentado, pero viendo, en el sexto el resultado de sus compañeros, decidió, frente a un animal muy venido a menos, optar por el mismo espectáculo que aquellos, que no por torear, y entre rodillazos, desplantes, gestos al público, brincos y saltos al finalizar las series, acabó, como los mediáticos, cortando una postrera oreja.
El ganado de las tres vacadas de los González Sánchez Dalp ha sido pastueño en general, pero con poco fondo; alguno flojo, como el primero, otro soso y bajo de casta como el segundo, el tercero boyante, el cuarto bueno pero ahogado por el Cordobés hasta venirse a menos, el quinto con juego, y el sexto embestidor pero apagándose rápidamente. Pero con este ganado, que en manos de algunos toreros, de los citados y de muchos más, hubiese dado el juego correspondiente y lucido como debía, hoy ha pasado desapercibido, inédito en buena medida, en definitiva ampliamente desaprovechado. ¡Y que haya tantos toreros a la espera de una oportunidad... qué vergüenza!.
Pasemos rápidamente por lo realizado por los espadas. El primero del Cordobés se llamaba Murquisto, con 553 kilos, negro bragado, meano y axiblanco, delantero y más que sospechoso de astas, manso, flojo pero embestidor. Con el capote fue la cosa entre la vulgaridad y lo lamentable, y con la muleta, siempre colocado fuera de la rectitud, lo llevó en paralelo, a media altura siempre, dando medios pases que cortaba por no saber rematarlos. Pero todo... de una vulgaridad suprema; y la faena, en el sol, como cabía esperar. Hubo saltos del batracio, giros y suciedad por doquier, aunque ligó esos medios pases en más de una ocasión. Un pinchazo con desarme y una entera trasera precedieron a un aviso, y a la petición de oreja que se saldó con silencio al final. El cuarto era Taranto, de 510 kilos, un novillo de hechuras, negro de capa, delantero y manso, pero que embestía y al que terminó de ahogar para que no se viera el juego que tenía, hasta hundirlo en tablas. Después de unos capotazos como para colgar la ropa, con la muleta no hizo nada: todo fueron desplantes, intentos de cabezazos al toro, agarres de lomo, giros, saltos, vulgaridad y “res mes”. Con el toro ya humillado por tamaño trato, se desplantó interpitonariamente, para dar, ya no medios, sino minúsculos pases de muleta en un encimismo trapaceiro. Una estocada entera, caída le consiguió esa oreja de pandereta, o de verbena de gallinazo, churro rancio y vino peleón.
Rivera anduvo otro tanto. ¡Olé por el señor Ministro de Cultura! ¡Ole por el reposo y la profundización en el toreo! Es o bien indignante o bien de una insuficiencia mental francamente deplorable. Su primero se llamaba Costasol, de 540 kilos, negro, ligeramente tocado de unas puntas sospechosas, manso, soso y bajo de casta. Nada con la capa, con la muleta anduvo intentando alejarse al bicho merced a alargar el brazo, metiendo un pico más que exagerado, rubricado todo por la banda de música que hoy sonaba como el toreo: desastrosa. Acabó buscando el aplauso pueblerino con todo tipo de vulgaridades y matando al toro de una estocada caída en el rincón de su abuelo. El quinto se llamó Petenero, con 484 kilos –pero con trapío-, berrendo en negro, salpicado, bragado y meano corrido y botinero, tocado de armas, manso y dócil aunque yendo a menos por el trato sufrido. Banderilleó dos veces al cuarteo, pasado, y otra al violín, en la misma posición. Con la muleta se fue derechito a la solanera para realizar un trasteo con el pico, y en plan populachero: agarres dorsales, circulares inversos por donde Moctezuma perdió el reino, alargamientos de brazo, trapazos enganchados, rodillazos por doquier y demás repertorio de vulgaridades. Un bajonazo entero y verdadero, pero muy eficaz y nuevo corte de oreja. ¡Fantástico!.
Jiménez mostró una cara absolutamente inversa a aquellos en su primero: lanceó a la verónica con gusto, quitó por chicuelinas ajustadas, rematadas con larga, y con la muleta –al hilo del pitón- dio algunos buenos pases–un derechazo soberbio al principio, otros dos buenos en la quinta tanda- pero el toro se le vino abajo rápidamente. Se llevó a los medios al toro para rematar una faena desigual, pero con toreo, de una entera caída y tendida, que necesitó un descabello mientras oía un aviso. El toro se apodaba Corpachón, pesaba 511 kilos, era negro salpicado, bragado meano corrido, ojalado y botinero, delantero de armas, manso, pero boyante al principio para hundirse después. Visto lo visto, con el sexto, Bodeguero de nombre (535 kilos, colorado ojo de perdiz, delantero de cuerna, manso, embestidor pero a menos), optó por imitar a sus compañeros tras de que nadie le hiciera caso en sus primeros muletazos. Empezó con dos pases cambiados por la espalda –bien aplaudidos-, y luego intentó tirar de él con ortodoxia, al hilo, pero al venirse el bicho a menos fue pasándolo de uno en uno, acortando la longitud del pase, y viendo como nadie le hacía caso... brincos, desplantes, rodillazos, molinete genuflexo, miradas y gestos a la galería, manoletinas finales y nuevo rodillazo. Y esto, ¡oh sorpresa!, cuando antes no le hicieran caso, le conseguirían las ovaciones apetecidas. Un aviso y una entera delantera, caída y perpendicular -¡que más da!- y la esperada oreja que igualaba las fuerzas en un espectáculo en el que el toreo y el toro fueron denigrados y humillados con el beneplácito y el jolgorio popular.
sábado, 14 de febrero de 2009
La capa de Belmonte
La capa de Belmonte El País. 2/11/2003
La capa de Belmonte fue un objeto mítico de mi infancia y, probablemente, la razón del nacimiento de mi afición a la fiesta de los toros. Pertenecía a mi tío Juan Eguren, el marido de la tía Lala, hermana de mi madre. En la casa tribal de Cochabamba, de la calle Ladislao Cabrera, el tío Juan nos contaba a mí y a mis primas Nancy y Gladys que esa hermosa capa oro y gualda, recamada de pedrerías y testigo de milagrosas faenas en los cosos de España y América, se la había regalado el gran Juan Belmonte a su padre, el primer Eguren que llegó a Arequipa desde su lejana tierra vasca. Eran íntimos amigos, acaso compadres, y el progenitor del tío Juan había acompañado al eximio matador en incontables giras y por eso éste, al separarse, le había regalado en prenda de amistad esa hermosa capa que, en las grandes ocasiones, el tío Juan y la tía Lala desenterraban del baúl donde la tenían guardada, entre coberturas de papel de seda y bolitas de naftalina.
No era un capote de torear, sino una capa de adorno, para el paseíllo, pero mi tío Juan la utilizaba igual para citar al invisible astado y con movimientos lentos, rítmicos, de graciosa elegancia, confundir y marear al animal obligándolo a embestir una y otra vez, raspándole el cuerpo, en una danza mortal que a mí y mis primas nos mantenía hipnotizados. Aquellas noches yo salía a las plazas a torear y escuchaba clarines, pasodobles, y veía los tendidos alborotados por los gritos entusiastas y los pañuelos de los aficionados.
Un acontecimiento excepcional de aquellos años fue la llegada al Cine Rex, cercano a la Plaza de Armas de Cochabamba, de la película Sangre y Arena, con Tyrone Power, Linda Darnell, Akim Tamiroff y Rita Hayworth. Gocé, sufrí y soñé tanto con ella -me la sabía de memoria y además la reprodujimos varias veces en el vestíbulo y los patios de la profunda casa cochabambina donde vivía la tribu familiar- que nunca he querido volverla a ver, temeroso de que aquella inolvidable historia sentimental, de amores heroicos y corridas épicas, vista hoy día desencantara y aniquilara uno de mis mejores recuerdos de la infancia. ¿Cuántas veces la vimos? Varias, y la que más, la prima Gladys, a quien recuerdo echando unos lagrimones la tarde que el tío Juan la mató de pena confirmándole que, definitivamente, una mujer no podía ser torero.
De modo que aquella soleada tarde en que el abuelo Pedro -yo debía de andar por los ocho o nueve años de edad- me tomó de la mano y me hizo subir la larga cuesta que conducía a El Alto, aquella cumbre desde la que se divisaba todo el valle de Cochabamba y donde estaba la placita de toros de la ciudad, para presenciar la primera novillada de mi vida, yo era ya poco menos que un experto en tauromaquia. Sabía que una corrida constaba de tres tercios, los nombres de los pases, que los Miuras eran los bichos más bravos y más nobles, y que las banderillas y la pica no se infligían al toro por pura crueldad, sino para despertar su gallardía, embravecerlo y, a la vez, paradójicamente, bajarle la cabeza a la altura de la muleta. Pero una cosa era saber todo eso y mucho más, en teoría, y otra ver y tocar la fiesta y vivirla en un estado de trance, emocionado hasta los tuétanos. Todo era hechicero y exaltante en el inolvidable espectáculo: la música, los jaleos de la afición, el colorido de los trajes, los desplantes de los espadas, y los mugidos con que el toro expresaba su dolor y su furia. Elegancia, crueldad, valentía, gracia y violencia se mezclaban en esas imágenes que me acompañaron tanto tiempo. Estoy seguro de que al regresar a la casa de Ladislao Cabrera, todavía en estado de fiebre, aquella tarde había tomado ya la resolución inquebrantable de no ser aviador ni marino, sino torero.
Cuando la familia regresó al Perú, en 1945 o 1946, luego de diez años de exilio boliviano, la capa de Belmonte todavía existía y el tío Juan y la tía Lala la mostraban de vez en cuando a los amigos y parientes, en su casita miraflorina de Diego Ferré, donde yo pasé muchos fines de semana y fui tan feliz como lo había sido en Cochabamba. No puedo separar el recuerdo de esa capa de la figura epónima de Mito Mendoza, un primo del tío Juan, que sabía de toros todavía más que éste, y que, hablando de la fiesta, contando corridas célebres y faenas paradigmáticas y chismografías de ganaderos, empresarios y toreros, se excitaba de tal modo que se ponía colorado y accionaba y alzaba la voz como si algo lo hubiera enfurecido. Pero estaba feliz y en esas apoteosis solía exigir que le pusieran en las manos la capa de Belmonte para pasar a la acción. Yo y mis primas hacíamos de toro y era una verdadera felicidad embestir y obedecer el engaño a que nos sometían las diestras manos de Mito Mendoza, a quien admirábamos sin límites, porque de él se decía que, además de torearnos a nosotros, toros inofensivos, había toreado toros de verdad, como torero-señorito, y destacado en las tientas por su dominio de la técnica y su valentía. Mito Mendoza desapareció un día de la casita del tío Juan y la tía Lala y después supimos que había partido a Estados Unidos y que allí, para conseguir la residencia o la nacionalidad, se había enrolado en el Ejército y muerto como combatiente en la lejana y misteriosa guerra de Corea.
El tío Juan, el tío Jorge y el tío Lucho me llevaron muchas veces a los toros, a Acho, la placita de toros colonial, acogedora y de sabor inconfundible, en la que habían toreado Belmonte y Manolete -la más antigua del mundo, después de la de Ronda- que el arquitecto Cartucho Miró Quesada restauró por aquellos años, en que debió inaugurarse la Feria de Octubre, y a la Plaza Monumental, que hizo construir la dictadura de Odría, y que fue una chapuza tan monumental como su nombre. Nunca prendió, la afición jamás se acostumbró a ella, y menos los toreros, y quizás todavía menos los toros que en esa pretenciosa y desmesurada construcción de cemento armado, barrida por los vientos y de atmósfera glacial, se sentían tristes y desbrujulados. Pero allí vi yo algunas corridas memorables, como las que protagonizaba el gran Procuna, torero esquizofrénico, que una tarde huía de los toros empavorecido, amarillo de espanto, arrojando la capa y zambulléndose de cabeza por las defensas si hacía falta, y a la siguiente encandilaba y enloquecía a los tendidos en un despliegue de temeridad y sabiduría con el capote y la muleta que cortaban el habla y la respiración. Y allí vi y oí resonar en el silencio eléctrico de aquella tarde la bofetada que el torero argentino Rovira descargó en las mejillas de Luis Miguel Dominguín, con la que prácticamente se suicidó (taurinamente hablando).
Pero al ídolo de mi juventud, al maestro de los maestros, al quieto, elegante y profundo Ordóñez, restaurador y exponente eximio del toreo rondeño, lo vi por primera vez -en una corrida a la que para entrar empeñé mi máquina de escribir- en la alegre y sabrosa Plaza de Acho, en una soleada tarde de octubre en que la enfervorecida y agradecida multitud lo llevó en hombros, desde el Rímac, hasta el Hotel Bolívar de la Plaza San Martín. No recuerdo haber visto entusiasmo igual ni haber sentido como esa vez que lo que ocurría allí en el ruedo era una magia aterradora y excelsa que me asustaba, hechizaba, entristecía y alegraba. Su lentitud, sus poses estatuarias, su serenidad y su dominio del toro, su desprecio del riesgo, tenían algo escalofriante, interpelaban a la muerte y eran belleza en estado puro. Ver torear a Ordóñez casi siempre me levantaba del asiento. Lo vi muchas veces después, en España, en aquellos años de 1958 y 1959 en que gracias a la beca Javier Prado, que obtuve para hacer el doctorado en la Complutense, viví como un pachá. (Recibía ciento diez dólares al mes, lo que en la pobretona España de entonces era una verdadera fortuna). Para ver a Ordóñez tomaba trenes y hacía largos viajes y, por supuesto, concebía fantásticos proyectos literarios: llegar hasta él, amigarnos y acompañarlo por las plazas de toros de toda España a lo largo de una temporada entera, para escribir un libro sobre él que nos, o que en todo caso me, inmortalizaría. Un libro que sería mejor que todos los cuentos y ensayos taurinos que había escrito Hemingway, un escritor que yo admiraba mucho y al que leía con pasión, salvo cuando escribía de toros, porque, aunque le gustaban mucho, me daba la impresión de que nunca los entendía a cabalidad, que se quedaba sólo con lo que la fiesta tenía de peor, la brutalidad, y que se le escapaban su misterio, su delicadeza, su estética y esa extraña virtud de exponernos en ciertos momentos privilegiados, con desnudez total, la condición humana. Y, a propósito, la única vez que vi en persona al autor de El viejo y el mar fue en la Plaza de Toros de Madrid, una tarde de San Isidro, bajando los graderíos de sombra del brazo nada menos que de la deslumbrante Ava Gardner, hacia la barrera. Parecía igual que su mito: grande, fuerte, vital, ávido y feliz, un verdadero dueño del mundo. Y, sin embargo, por debajo de esa apariencia de triunfador había empezado ya la irremisible decadencia del titán, la intelectual y la física, esa desintegración que lo iría empujando en los años siguientes hacia el disparo de Idaho, como a uno de sus héroes de malograda virilidad, tema obsesivo de sus historias.
¿Qué se hizo de la querida capa de Belmonte que tan bellos recuerdos me trae de mi niñez? Cuando, ya adulto, comencé a preguntarme si aquella capa había pertenecido de verdad a Belmonte el Trágico -como lo llamó Abraham Valdelomar en el delicioso librito que escribió sobre él-, si el abuelo de mis primas Nancy y Gladys y el torero habrían sido de verdad tan amigos, o si todas esas historias que nos contaba el tío Juan para amansarnos cuando éramos niños eran meras fabulaciones que la familia patentó, la capa ya se había eclipsado. ¿Se la robaron? ¿Se extravió en algunas de las muchas mudanzas de que estuvo repleta la historia familiar? ¿Acaso fue vendida en algunas de las crisis económicas que golpearon con dureza, en la etapa final, al tío Juan y a la tía Lala? Nunca lo he sabido. En verdad, no tiene la menor importancia. Esa capa de Belmonte sigue existiendo donde nadie puede dañarla ya, ni perderla, ni apropiársela: en la memoria de un veterano que la preserva, la cuida y la venera como uno de los recuerdos más tiernos y emocionantes de su niñez, esa edad que con toda justicia llaman de oro.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Alfonso Navalón
Un tentadero con la Peña 21. O como se puede volver a soñar el toreo.
Alfonso Navalón
La ganadería y la finca de "Terrones" han estado a la cabeza del abolengo y la historia del toro bravo. Desde el siglo XVIII andaban ya en los carteles y en las reseñas de los más famosos revisteros.
Luego se modernizó con los Contreras de aquel famoso desecho de Murube del que tanto se arrepintió el ganadero porque salían mejores que los que había seleccionado para él. Carlos Sánchez Rico y sus hermanos murieron solteros y la finca la heredó su sobrina Paloma que fue el sueño de todos los solteros de buen ver de la época. La llamábamos "Chichi" cariñosamente y era el prototipo de la belleza tradicional con una mirada dulce y el trapío discreto de mujer bien plantada pero sin la menor provocación. Una mujer educada, cariñosa y de trato exquisito. Todavía cuando vuelvo por Bilbao hablamos de ella con un médico que en sus tiempos de estudiante de Salamanca estaba loquito por ella. Y Paloma, en su deslumbrante juventud, acabó casándose precisamente con un famoso pintor bilbaino, Eduardo Basterre, también señorón y discreto. El pintor vio claro que el caserío de "Terrones" era el sitio ideal para dedicarse con sosiego a su profesión y en un pajar cercano a la casona instaló un estudio luminoso donde se pasa las horas coloreando lienzos. Paloma a pesar de vivir largos años en Madrid también volvió a sus raíces camperas. Y se dedicó a restaurar las viejas estancias respetando la tradición de los carteles o los cuadros valiosos de Julián (un pintor que retrataba con la misma minuciosidad que un fotógrafo) y el primor de los muebles decimonónicos, las sillerías y los aparadores de Art Nouveau. No falta nada de lo que tenía Carlines, sólo que ahora hay whisky, ginbra, Jerez, Coca-Cola y canapés.
En una mañana lluviosa de diciembre nos hemos vuelto a reunir los supervivientes de una época donde el campo y el toreo eran mucho más auténticos que ahora. Otra vez hemos vuelto a contemplar en el portalón y en la inmensa cocina toda la historia del toreo en fotografías dedicadas por Juan Belmonte y Joselito, de El Gallo, Gaona, pasando por Marcial Lalanda, hasta llegar a Paco Camino y los hermanos Esplá que fueron los últimos que vivieron en esta casa cuando los toreros se pasaban el invierno entero en el campo preparándose para la temporada. Antes que algunos gilipollas como Fran Rivera o Mijosé Hortera Plano convirtieran esta profesión en un circo.
En estos tiempos donde la fiesta se hunde es consolador estrenar una plaza de tientas hecha a capricho con barandas de forja antigua en el palco y chimenea para calentar los riñones. Lo bonito de la plaza es que está en un alto. Los antiguos hacían los caseríos en la brigada de las hondonadas. Desde el nuevo palco de Terrones la vista se pierde en la inmensidad de los encinares hasta un horizonte recortado por las nieves de la sierra de Francia. Allí nos juntamos un centenar de amigos de Madrid, San Sebastián y unos pocos de Salamanca. Juan Carlos Carreros con el que tuve un duelo en el ruedo provocándolo para que saliera a torear. Todos somos ya viejas glorias. Alipio Pérez Tabernero ya no es aquel chavalín travieso al que yo ataba a las patas de la camilla para hacerlo rabiar, cuando vivían en un pisito detrás de San Juan de Sahún, vecinos de Paco Galache que también se compró un piso lindero con el dinero que cobró cuando vendió a mi familia un cuarto de "El Águila", la mejor finca de montanera de la provincia, donde pasaron la guerra dos hermanas monjas de los Cobaleda que eran "las señoritas de El Águila" y todavía las recuerdo cuando iban a misa al pueblo en una tartana con capota.
Después de la tienta hubo merienda y tertulia en los salones y otra vez nos llenamos de recuerdos viendo las viejas fotos de los grandes toreros que pasaron por "Terrones". Allí estaba resumida toda la historia del toreo desde los años veinte. Ahora los empresarios las pasan moradas para organizar una feria porque no hay figuras ni segundones con atractivo. En aquella época Eduardo Pagés montaba tres corridas el mismo día y todavía le sobraban figuras. Desde Manolo Bienvenida hasta Domingo Ortega, pasando por Chicuelo, Félix Rodríguez (uno de los toreros más completos de la historia al que no se le ha hecho justicia), Gitanillo de Triana, Cagancho y una baraja de lidiadores distintos con sello personal a los que Ponce y el Juli no le servirían de secretarios.
Desde Terrones me fui a dar una conferencia a Lumbrales, pegando a Las Arribes del Duero y Portugal. La gente pagó cuatro mil pesetas por la cena y el salón estaba hasta la bandera. Estuve más a gusto y más entregado que en un auditorio de primera. Al día siguiente a media mañana llegaron a El Berrocal los de la Peña 21 de Logroño que llevan visitándonos veinte años seguidos y otra peña de Castellón. El desastre del rentero no tenía ni leña para hacer lumbre ni las vacas encerradas y fue todo un espectáculo ver encerrarlas dándole voces desde un todoterreno con un saco de camperina. Los de la Televisión riojana grabaron asombrados esta estampa insólita y a la hora prevista empezó el tentadero, después de un tentempié de la abundante intendencia que traían los riojanos. Cuando por la noche caí rendido en la cama se me juntaban las emociones de un día inolvidable. De cuatro vacas una fue la típica mansona ideal para el torero y las otras tres completísimas de bravura, clase y nobleza.
Dijeron los de la Peña 21 que no recordaban otro tentadero más brillante. Y yo que he perdido toda la ilusión de ser ganadero por la cantidad de humillaciones que nos hacen soportar los taurinos veía con pena tener que dejar en otras manos el fruto de veintiocho años de selección. Me dio más pena ver a un torero como Andrés Sánchez que ha perdido el tren de las grandes ferias cuando se encuentra en plena madurez, toreando con un gusto y un temple que fue el asombro de todos. Ahora ya es dificilísimo encontrar un torero que sepa hacer una tienta. Le dan un montón de capotazos, no aciertan con la distancia y casi nunca las dejan fijas al caballo. Cuando las dejan en suerte la vaca queda de espaldas al picador.
Después de tres años sin torear tuve que cabrearme para enseñarle a los nuevos como se pone una vaca en suerte con un solo capotazo. Luego sentí una emoción todavía mayor. Andrés me ofreció la muleta cuando apenas le había dado una docena de pases a la segunda. Debió ser un milagro porque le di dos series cortas de naturales como jamás había toreado en mi vida: Citando con el medio pecho, adelantando la muleta plana y ligando el siguiente ganando un paso. Manolo González grabó esta faena para ponerlo como ejemplo en su programa y explicarle a sus telespectadores la diferencia entre cómo se debe torear y cómo se destorea ahora. Por la noche no cabía dentro de la ropa ante el fervor que levantó aquella brevísima faena. Me costó dormir. Es como si de pronto volvieras a querer a una mujer que ya dabas por perdida. Lo malo es que ahora con esta edad y esta barriga es muy difícil hacerte a la idea de volverte a poner delante ni de una becerra de bandera. Ahora pienso lo bien que se lo estarán pasando mi hermano y mi hija navegando por El Nilo y viendo las maravillas de los faraones.
Pero no cambio ese viaje por el sentimiento de torear como si fuera soñado.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Otra vez genial Antonio Burgos
“Toro gordo en año de vacas flacas”
"Le pedí al Rey Baltasar, o, lo que es lo mismo, al teniente de hermano mayor de la Real Maestranza, que sacara urgentemente el cartel de la temporada del 2009, para que se acabara el mal fario del hasta antier vigente del pinchito de toro. Y me ha hecho caso, porque ya está el toro en la plaza. El toro de Manuel Salinas. Con el que hemos respirado. Unos más que otros. Los que conocemos la obra abstracta de Manuel Salinas desde los tiempos del Centro M-11 temblábamos pensando en el cartel que podía pintar. Y me eché a temblar especialmente cuando este verano, en el pueblo de Isabel, en Guadalcanal, vi reunidas las obras de Manuel Salinas, por el que siento un aprecio que viene de cuna y encaste, del que le tengo desde hace tela de años a su madre, Asunción Milá.
Me eché a temblar este verano pensando en el cartel taurino porque Salinas, que es gente bien, es gente importante en Guadalcanal. Casi como un nuevo comendador de Santiago. El otrora templo parroquial de Santa Ana, desamortizado no por Mendizábal y Madoz, sino por Bueno Monreal y Amigo Vallejo, era inaugurado como centro cultural con motivo de la entrega de la Medalla de Oro de la Villa a los catedráticos, hijos del pueblo, Alberto de la Hera y Antonio Fontán, recién creado marqués de Guadalcanal. En Santa Ana se exponía una selección de la obra de Salinas y presidía lo que fue el desaparecido retablo del altar mayor una de sus pinturas. ¿Que cómo era el cuadro? ¿Usted ha visto el catálogo de pinturas Titanlux? Pues algo así. Completamente Leroy Merlin. Una obra de cinco 'ojús'. Hay hoteles de 3, 4 y 5 estrellas, y obras vanguardistas de 3, 4 y 5 'ojús'. Y pensando en el futuro cartel taurino de Sevilla, la obra de Salinas en Guadalcanal era de cinco 'ojús'.
Menos mal que en este mismo instante me estoy comiendo mis 'ojús', tras ver el toro que ha salido por los chiqueros de su estudio de la calle Jesús del Gran Poder. Un toro con su gracia. Si el pintor era Salinas, lo normal es que el toro fuera salinero. Pero no. El raro y discreto Manuel ha cambiado los pelos y capas de los toros. El toro salinero del cartel no es de pelo blanco y colorado. Salinas ha hecho zaino el toro salinero. Con plaza. Con romana. Toda la romana del mundo. Más que gordo, regordío. Después del toro vareado del pinchito del año pasado, este toro fuera de tipo. Si los veterinarios examinasen el toro del cartel como aprueban los que anuncia, seguro que el toro zaino de Salinas hubiera sido rechazado en el reconocimiento por exceso de trapío.
Manuel Salinas, que está tan sobrado de arte como su toro de trapío, ha dado una lección de humildad de la que deberían aprender muchos de sus colegas, esos artistas de vanguardia que nos perdonan la vida por tener la suerte de ser sus contemporáneos. Salinas ha renunciado a su estilo Titanlux de las grandes manchas de color y ha sentado plaza de pintor realista. El trincón del año pasado pensó: "Ahora se van a enterar estos sevillanos de lo que es un toro". Salinas ha pensado todo lo contrario. Como se conoce el paño de la Ciudad Cobarde y Difícil y ha dicho que quiere que lo dejen tranquilito para seguir pintando, ha pensado como los canónigos que hicieron la Catedral, pero sin locura alguna: "Fagamos un toro tal que los sevillanos lo tomen por toro".
¿Que está demasiado regordío el toro? Bueno, ¿y qué? Mejor que 'zozobre' que no que 'fafalte', como el chiste del marinero tartaja que yo cuento mejor que nadie. Nada mejor para la crisis: un toro gordo para el año de las vacas flacas. Toro que me recuerda todo lo contrario de aquella corrida que para la plaza de Madrid iba a comprarle Miguel 'El Potra' a Mari Camacho. Fue El Potra a ver la corrida al campo, y estaba vareadísima, en los huesos. El Potra le dijo que esa corrida no podía comprarla por falta de trapío. A lo que Mari Camacho, muy interesada en lidiar en Las Ventas, le dijo, refiriéndose a la corrida:
-Si me la compras, en quince días yo te la pongo gorda. Y El Potra soltó:
-Mira, 'Maricamacho': a mí ya no me la pone gorda ni Sofía Loren...
¡Lo que hubiera dado Mari Camacho por venderle al Potra el toro de Manuel Salinas!""
lunes, 15 de diciembre de 2008
Con amor para Julia Otero
¡Qué mala suerte tienen los cangrejos!Y la discusión se acabó.Yo me acordé entonces de la anécdota de la rejoneadora peruana Conchita Cintrón que, después de defender la Fiesta Brava en una ocasión similar, ante la dueña del restaurante en el que había entrado para comer, hubo de responder a ésta si le apetecía un rico pollo enchilado, a lo que Conchita repuso sin dudarlo:-- ¿Un pobre pollito indefenso que no sabemos lo que habrá sufrido mientras le retorcían el pescuezo?... ¡Qué crueldad! Cualquier otra cosa menos eso. lunes, 24 de noviembre de 2008
¿Quien es Antonio Ordóñez?
Toda la verdad sobre Antonio Ordoñez. Programa en COPE con Cristina Padín.
Para muchos aficionados, Antonio ha sido el mejor torero de la segunda mitad del silo XX. Para los que creen en la Escuela Rondeña, el mejor de todos los tiempos. Para los que le vieron torear, el mejor de una portentosa generación de artistas: Antoñete, Manolo Vázquez, Curro Romero...
Hijo del mítico torero Cayetano Ordóñez "El Niño de la Palma", Antonio Ordoñez nació el 16 de febrero de 1932, en Ronda (Málaga). Fue a la escuela de las Esclavas de Ronda, donde acreditó buenas cualidades para el fútbol pero su padre apostaba por él como torero. El 28 de junio de 1951 tomó la alternativa en Madrid junto a la pareja de moda: Julio Aparicio y Miguel Báez Litri.
De su primer matrimonio Antonio Ordóñez tuvo dos hijas. Dos de sus nietos, Francisco y Cayetano, hijos de Carmen y Paquirri, han seguido la carrera familiar. Viudo en el 84, se casó con Pilar Lezcano en el 85 y disfrutó de una madurez apacible y campera, dedicado a su ganadería y a la plaza de toros de Ronda, en la que organizaba la corrida goyesca. Entre sus admiradores se encontraban el premio Nobel de literatura Ernest Hemingway y el cineasta Orson Welles.
Precisamente, en la finca de San Cayetano guardó en un pozo, bajo los tilos, las cenizas de Welles. Antonio Ordoñez Murió en Sevilla el 19 de diciembre de 1998.
En La Mañana de COPE, Ayanta Barilli y Cristina Padín, biógrafa de Antonio Ordoñez, nos acercan a la figura del torero.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
EL TOREO ES GRANDEZA
EL TOREO ES GRANDEZA
El toreo es grandeza. esta famosa frase, frecuentemente utilizada por quienes quieren estar cerca del torero - y también por el propio matador -, sobre todo en los días de triunfo para tirar la casa por la ventana, tiene un significado mucho más amplio que el de la mera celebración.
El toreo es sentimiento, emoción,, pasión pero también respeto, ética y dignidad. Todos estos componentes hacen que el toreo sea grande. Y lo es porque el principal protagonista, el torero, así nos lo ha transmitido a los que nos sentíamos atraídos por este maravilloso mundo del arte de torear, ahora tan políticamente incorrecto. Es el torero el que crea la admiración, el respeto y la pasión, y también tiene que ser el torero el que sustente esos sentimientos que nacen en el aficionado una vez que termina la corrida. Los maestros más importantes así lo han hecho a lo largo de la historia del toreo, es una herencia a la que no podemos renunciar.
Cada uno es como es y además es necesario que así sea. Por supuesto en la plaza, pero fuera de ella hay que seguir un modelo de conducta que es el que hace al torero diferente de cualquier otro ser humano. La admiración que se puede sentir por un torero en la plaza, originada por el sentimiento, la emoción o la pasión, no se puede perder fuera de ella por falta de respeto, poca ética o ninguna dignidad, hacia los demás, hacia la profesión o hacia uno mismo. por eso cuando hablaba de los componentes que hacen grande el toreo distinguía los primeros de los segundos.
Decía también que un torero es alguien diferente. Me di cuenta cuando vi por primera vez a uno en persona, a Manolo Cortés. Entonces yo trabajaba de camarero en el casino de Gines y el maestro Cortés, acompañado de algunos amigos entre ellos don Rafael y don Miguel Ríos Mozo, a los que luego conocí y a quienes tuve un gran afecto-, llegó a tomar una copa. Cuando me acerqué a él, las piernas me temblaban - también me ocurrió después, la primera vez que saludé al maestro Antonio Ordóñez -, pero no por timidez sino por admiración. Sin embargo, por aquella época mi ídolo era Paco, " Superpaco ", el gran portero del Sevilla de mediados de los setenta, y un día, a las puertas del estadio, estuve junto a él bastante tiempo y no sentí absolutamente nada.
Aquello que había sentido al conocer a un torero me marcó tanto que a partir de entonces sólo pensaba en torear: ¡ qué grandeza !, mi vida se dejó llevar por aquellos sentimientos para traerme hasta aquí, para sentir y hacer sentir, para disfrutar y hacer disfrutar, y también para sufrir y para hacer sufrir. Una vez aquí, tuve la gran suerte de conocer a personas que sentían el toreo igual que yo, y que me enseñaban cómo hacerlo aún más grande - y algunos lo siguen haciendo -, empeño éste en el que sigo, y para ello creo estar en el camino correcto.
No sé si lo conseguiré, pero mi concepto del toreo, el respeto a mi profesión, la ética, la dignidad y la independencia son valores que han estado siempre en ese camino y a los cuales he sido fiel. Fidelidad por encima de todo, porque el toreo es grandeza.
FERNANDO CEPEDA. 6 TOROS 6 ( ANTIGUO )
lunes, 30 de junio de 2008
Antonio Burgos en ABC:ADRIÁN Gómez es el toreo
Adrián Gómez era uno de los miles de muchachos que sueñan con ser toreros. Se apuntó de alumno en la Escuela de Tauromaquia «Marcial Lalanda». Adivino ahora las ilusiones por llegar y por ser figura de aquel muchacho de Casarrubios del Monte que vivía en Villaverde o en Carabanchel, por ahí por las islas adyacentes de Madrid. Me imagino que su familia tendría que pasar muchas fatiguitas para poner y que lo pusieran. Porque fue novillero. Colijo que se le acabó pasando la ilusión y la edad. Y que como estaba muy bien con el capote y no se le daban mal los palos, acabó encontrando acomodo laboral como banderillero. Como algo muy triste y oscuro que hay en los alamares de la profesión taurina, por lo que no protestan los sindicatos ni los que tanto se ocupan de los derechos de los trabajadores: ir de suelto con una cuadrilla. Sueltos van los temporeros de la gloria, los jornaleros de plata, los banderilleros que al no tener cuadrilla fija, por media pringá han de ir buscando los cupones de la Seguridad Social domingo a domingo, feria a feria, fracaso a fracaso, miedo a miedo, por esas portátiles de polvo y borrachera y por las abandonadas plazas de las ferias de los pueblos donde crecen en el ruedo no los triunfos, sino los jaramagos, parando y pareando zambombos y moruchos.
Adrián Gómez, que es el toreo, que es la triste realidad de la verdad sociológica y mayoritaria del toreo, encontró por fin acomodo en la cuadrilla de El Fundi. A sus 41 años iba de tercero con El Fundi. Yo lo vi torear esta Feria en Sevilla. Quizá fuera su soñado debú en la Maestranza. No estaba mal con el capote ni con los palos. Sabía andar delante del toro. El matador estaba muy contento con él. Pero, como suelto, seguía haciendo sus cositas por los pueblos, buscándose la vida como tercero con novilleros que tenían ahora sus sueños de entonces.
Fue el domingo pasado. En Torrejón de Ardoz. Adrián Gómez iba de tercero con Ismael López. En las catacumbas informativas de «Clarín» de Radio 5, el breve telegrama hubiera dicho del festejo: «Torrejón de Ardoz, Tercera de Feria. Tres cuartos de entrada. Novillos de Antonio San Román correctos de presentación y de poco juego, salvo el noble 3º. Ismael López, saludos tras aviso y silencio tras aviso. Miguel Luque, silencio tras aviso y vuelta tras aviso. Rubén Pinar, dos orejas y silencio». Pero no dijeron eso. Dijeron que al salir de un par de banderillas, el quinto novillo le pegó un volteretón impresionante a Adrián Gómez, que cayó de cabeza, sobre las cervicales, muy malamente. Como sobre el recuerdo de Antonio Bienvenida. Adrián Gómez, de azabache y verde oscuro, quedó inerte en la arena, a merced del novillo burraco de San Román. Enfermería de la plaza. No movía ni las piernas ni los brazos. Traslado al Hospital 12 de Octubre. Mal presagio en el recuerdo de Julio Robles. En la madrugada de la terrible verdad del toreo, en la soledad del cloroformo donde los chuflones no van a lucirse, la frialdad de un parte facultativo: «Triple fractura cervical y posible disección de la médula espinal». Luego, las lágrimas de la familia: «Los médicos nos han dicho que quedará inválido». Cuando escribo este dolor no sé si a Adrián Gómez se lo han llevado ya para operarlo a un hospital cuyo solo nombre da pavor: Centro Nacional de Parapléjicos de Toledo. Enterarme de todo esto me ha costado mucho trabajo. No vienen páginas y páginas en los diarios. Los portales de peaje no han dicho ni palabra. Nada ha salido en el telediario. Ni de Adrián Gómez, ni de su mujer, ni de sus hijos, han dicho una palabra los programas del corazón. Porque nadie pagó miles de euros en la reventa por estar allí. Con Adrián Gómez no se puede presumir por ahí de aficionado, sino considerar la terrible verdad del toreo. Los Adrianes Gómez sí que son el toreo. El toreo puro y absoluto de la verdad de la vida y de la muerte, de la que no hablan los periódicos. Adrián Gómez, que no cobra millones ni está rico podrido, sí que ha salvado, con su propia vida, la verdad de la Fiesta. Aseguran que quedará tetrapléjico.
martes, 10 de junio de 2008
"EL TORERO REPUBLICANO" por Antonio Burgos
SÓLO le falta Lupe Sino, y las gafas negras de Camará, y los zapatos blancos y marrones, y Angustias Sánchez, qué pena, pena, y la leyenda de la bandera de España en la Monumental de México. Sus partidarios son los nietos y bisnietos de los que empeñaban el colchón para ir a ver a Manolete. En cuanto a «Islero», sus exégetas, los tomistas del Aquinate de Galapagar, aseguran que quizá ya lo ha parido una vaca. Todo esto del tomismo me suena. El tomismo es siempre lo mismo. Qué me van a contar a mí, que en tiempos de Pepe Luis Vázquez mi padre era manoletista, a muerte, y en casa se conservaba como una ejecutoria de nobleza el extra que sacó «El Ruedo» cuando lo de Linares. El sueño de la razón produce monstruos, y cuando España está en crisis, todo el mundo tieso y sin poder llegar a fin de mes, produce estos monstruos, más mediáticos que los relojes que anuncian los Rivera Ordóñez o que el tigre de Jesulín. Al precio que va el gasoil volveremos pronto al gasógeno, por lo que es completamente lógico que haya aparecido el Manolete de turno.Castilla del Pino decía que la manoletina era como el saludo falangista brazo en alto, un «¡Arriba España!» con la espada y la muleta. Y que esa estética del hieratismo tenía el verticalismo de los sindicatos franquistas. Miro lo que ahora vuelve locos a los tendidos, pone la reventa a reventar, congrega a los pintamonas de toda España, saca a pasear la palabra «histórica» y abre los telediarios, y quedo sumido en la perplejidad. Con los mismos mimbres éticos y estéticos con que fabricaron al taciturno, raro, serio, distante y enigmático Califa del Franquismo, ahora montan el tinglado de la nueva farsa del Torero Republicano. ¿Cómo la misma manoletina antes era facha y ahora progre? ¿Cómo pisar esos terrenos era con El Cordobés recurso de la dictadura para enajenar al pueblo y ahora plasmación de los valores republicanos? ¿Cómo puede haber un Torero Republicano? ¿Es que hay toreros monárquicos? Y si es el Torero Republicano, ¿por qué en barrera, Dios mío de mi alma, está Su Majestad, reincidente en su masoquismo de que le haga el feo de no querer brindarle, y está la Corona hocicando ante el tricolor sin ninguna necesidad, y no está, un poner, Gaspar Llamazares?
Esto cada día lo entiendo menos. El Pipo le inventó al Cordobés la leyenda del robagallinas que se hace torero para quitar el hambre en la casa de los hijos de un fusilado. El mito de «O llevarás luto por mí». La gente iba a la plaza para ver si la hermana del Cordobés se compraba o no un vestido negro. Esto es como lo del Cordobés, pero con Sabina y la III República en el papel de Lapierre y Collins. Los toros al alcance de los que les importan un pimiento, pero como El Republicano está de moda, hay que ir, como si fuera la ópera. ¿Pero qué tontuna es ésta del Torero Republicano? ¿Es que la gente va a la plaza no para ver si sale por la Puerta Grande, sino para ver si la Familia Real sale por la puerta chica de La Zarzuela, camino de Cartagena, mientras el Torero Republicano da la vuelta al ruedo con el Rey tragando allí, en barrera, de jet-set y oro, de pintamonas del cuché, y la Infanta, encima, pidiéndole la oreja? ¿Con la banda tocando «Gallito»? No: tocando el Himno de Riego. Y con Sabina, Víctor Manuel, el Gran Guayomin y los del «No a la Guerra» (grandísimos aficionados, tararí, que el toro va a salir), sacándolo a hombros, pues son capitalistas en todos los sentidos de la palabra.
Es como lo de la salvación de la Fiesta. Dicen que El Torero Republicano ha salvado la Fiesta. Y se lo creen. No, mire usted: a la Fiesta la salvan los chavales que sueñan con ser toreros, cuyos padres hipotecan el piso para que puedan poner y los pongan; la salvan los ganaderos a los que les cuesta un dinero mantener el hierro que heredaron; la salvan los anónimos hombres de plata; los profesionales que no son ni figuras, ni figurones ni figurantes, y que cuando el Torero Republicano estaba retirado, en la playa, rascándose la barriga, rico podrido, sudaban fatiguitas negras en el verano sangriento por las plazas de los pueblos, ¡váyase usted al cuerno con el cuento de la salvación de la Fiesta! ¿Tomista yo? ¡Tequiyá! Yo sigo siendo aristotélico de Ordóñez, de Curro y de Pepe Luis, porque esta moda de ahora es como lo de El Cordobés, pero con III República en vez de montería con Franco.
ANTONIO BURGOS. ABC


